lunes, octubre 19, 2009

La muerta

Inspirado en hechos reales.
Gracias a A.B.A. por relatarme su increíble anécdota.
A ella va dedicado.


Recibí la trágica noticia sobre las tres de la tarde. Apenas había comido y me afanaba en apurar el agua manchada que me sirvieron por café. Descolgué presuroso viendo que el número que parpadeaba sobre la pantalla verdemar era el de mi secretaria. Estábamos tramando un negocio que, de salir bien y aunque absorbía todo nuestro tiempo, podría proporcionarnos pingües beneficios. En los últimos días me había visto obligado a incrementar mi nivel de autoexigencia hasta el punto de no comer ni un solo día en casa y de estar pendiente a todas horas de mi teléfono móvil. Mónica, mi eficiente secretaria, garrapateaba sobre mi agenda todo aquella información que me pudiese servir de ayuda para aumentar mis contactos y cuando se producía algún hecho novedoso que pudiese influir en nuestras operaciones, me mantenía puntualmente informado. Yo mismo le insistí una y otra vez en que me telefonease a la menor eventualidad, fuese la hora que fuese. Así que me puse al habla expectante de la noticias que pudiera traerme.

— ¡Hola, Mónica! ¿Alguna novedad?
— No, no. No te llamo por ningún tema de la oficina. Es que… verás… no sé cómo decirte esto. ¿Tú conoces a Guillermo Rabal, verdad?
— Sí, sí, claro…Guillermo, de Rabal & Sartre Abogados. ¡Cómo no lo voy a conocer! Coincidimos en algunos cursos de posgrado. Nuestros padres eran viejos amigos y, pese a que entre nosotros nunca llegó a cuajar una verdadera amistad, sí que hemos seguido manteniendo el contacto después de la Universidad.

— Algo de eso te había oído en una ocasión. Esa es la razón por la que pensé que debería telefonearte. Esta mañana me llamó la atención una esquela en el periódico. Una chica muy joven, de veinte años. Me paré a leerla y me estremecí al ver que era hija de Rabal. ¡Pobrecita! ¡Tan joven! ¿Qué le habrá pasado? ¿Tú sabías algo?

— Pues no. Me dejas de piedra. Lo único que sé es que era su única hija. Habrá tenido un accidente de tráfico porque, que yo sepa, no sufría ningún problema de salud.

— El funeral es hoy a las cinco de la tarde en la Capilla de San Justo.
— ¡Gracias, Mónica! Sólo me quedan dos horas pero ni que decir tiene que voy a dejar todo lo que estaba haciendo para poder asistir. Si no te importa desviaré mi móvil a la oficina para que puedas atender mis llamadas.

— Claro, no te preocupes.
— ¡Hasta luego, Mónica, y gracias de nuevo!

No fui capaz de presionar el botón para colgar el teléfono. La comunicación se cortó sólo después de que mi secretaria lo hiciese. El tono del teléfono se confundía con el latido de mi propio corazón. Una ráfaga de pensamientos y ecos acudieron a tropel a mi mente: “la hija de Rabal”, “sólo veinte años”, “exactamente igual que mi hija”, “tuvo que ser un accidente de tráfico”, “¿qué otra cosa pudo ocurrirle?”, “¡pobre Guillermo!”, “estará destrozado”, “no somos nadie”, “sólo me quedan dos horas”,…¡Sólo dos horas! Tenía que salir de mi estado de estupefacción y coger inmediatamente el coche si quería llegar a tiempo. En otras circunstancias no lo hubiese hecho, pero me decidí a tomar la autopista y pagar el abusivo peaje, pues me encontraba a cien quilómetros de la ciudad y la carretera secundaria mostraba un estado más que lamentable.

Finalmente conseguí llegar, incluso con unos minutos de antelación, aunque ya no pude parar en casa para cambiarme de ropa. Por fortuna, traía una americana negra en el maletero. La sustituí por mi vieja cazadora vaquera, adecenté mis zapatos con las toallitas de limpiar el salpicadero y dejé estampada mi rúbrica en una tarjeta de contacto junto a mi pésame, con la intención de depositarla en la urna que es costumbre habilitar a la entrada de la iglesia. Así lo hice. Dejé la tarjeta, entré en el templo, me santigüé y eché una mirada furtiva a mi alrededor con la esperanza de divisar alguna cara conocida, mas no hallé ningún rostro que me resultase familiar. Dirigí entonces mi atención a los bancos de las primeras filas donde, sin duda, se situarían los miembros más próximo de la familia. Sí, allí estaban Guillermo y la que debía de ser su esposa. Todos lloraban desconsoladamente frente al féretro. Se oían gemidos entrecortados y, aunque estaban de espaldas a mí, podía intuir el gesto desencajado de desolación que sólo un motivo tan doloroso como la muerte de una hija podría dibujar en sus rostros.

Las exequias fueron de una gran solemnidad; la aflicción de los familiares se contagió a todos los presentes, que a duras penas conteníamos el llanto; las plegarias del sacerdote conmovieron aún más nuestros corazones, enervados por la sensación de injusticia que siempre supone la muerte de una persona tan joven. Pero, de pronto, sucedió algo inesperado: una mujer que estaba justo detrás de Guillermo sufrió un leve desvanecimiento; inmediatamente, Guillermo se giró para auxiliarla. No pude salir de mi estupor al comprobar que el padre de la fallecida a la que estábamos honrando no era el Guillermo Rabal que yo conocía. Tenía su misma complexión pero ni rastro de su nariz aguileña, ni de su característico prognatismo, por no hablar de sus llamativos ojos azules, ahora completamente castaños. Dejé transcurrir unos segundos para recuperarme de la impresión. Con torpeza, me abrí camino entre la multitud hasta la puerta. Leí detenidamente la esquela expuesta en el tablón parroquial. La fallecida, efectivamente tenía veinte años de edad, pero se llamaba Rosa y no Eulalia como la hija de mi colega. En cuanto a Guillermo Rabal, se trataba de Guillermo Rabal Rosales y no del Guillermo Rabal Cernuda al que quise honrar con mi presencia aquella tarde en el funeral.

Silencié aquella macabra confusión a todo el mundo, salvo a mi secretaria, a la que reprendí con paternalismo desquiciado por la terrible situación en la que me había metido. Aún hoy, tantos años después, siento como un escalofrío sacude mi cuerpo cada vez que veo a la hija de Guillermo. Su mirada cómplice y su dulce sonrisa no son para mí sino los gestos capciosos con los que pretende congraciarse conmigo para que no desvele el misterio de la existencia que me fue revelado. Y es que, por más que nos sintamos vivos, ya hemos estado muertos con anterioridad; nuestro destino es la terrible nada de la que procedemos y la vida apenas un leve instante arrancado de las inexorables garras de la eterna inexistencia. Y siendo tan leve, acaso haya que avergonzarse de dar cabida a las lágrimas cuando disponemos de tan poco tiempo para el gozo y el amor. Si otros se nos adelantan a la muerte, por más desconocidos que resulten, al menos que no sea en vano, pues muchos hablan a gritos de la hermosa esperanza que han malgastado. Todos los días muere alguien por nosotros.


Neuromante